2.- La organización popular

Históricamente, nuestro pueblo fue avanzando en organización, en mutuales, asociaciones, cooperativas, obteniendo conquistas sociales y también buscó expresarse a través de partidos políticos y coaliciones de Gobierno, con el fin de incidir en la manera en que se organiza la sociedad, reducir las desigualdades, escoger modelos de desarrollo económico, social y político más democráticos y justos, que le permitieran mejorar sus condiciones de vida y ser más felices.

En su momento fueron los partidos de Izquierda, el Frente Popular, y más tarde la Unidad Popular de Salvador Allende. El último de esos intentos fue la propia Concertación, la alianza política más popular de los últimos 30 años que logró captar el sentimiento, las esperanzas y las fuerzas de un pueblo que quería más democracia y que le dijo NO a Pinochet.

Tras 20 años de Gobierno, esa Concertación no ha podido responder a dichas esperanzas, se ha ahogado en disputas internas y ha terminado pactando con la Derecha un modelo económico, político y social que beneficia a los dueños de los bancos, de las AFPs, de las Isapres, de las multitiendas, de las tarjetas de crédito, de las líneas aéreas, de las universidades y de las farmacias.

Por otra parte, los chilenos de a pié vivimos a diario los productos de un capitalismo extremo, que además de la vieja pobreza y exclusión social, ha ido desarrollando una serie de dolores en nuestro pueblo que no caben en la antigua noción de “pobreza”. El nuestro es un país donde campean las enfermedades mentales y las drogas para trabajar, donde las tarjetas de crédito y las deudas esclavizan a millones. Se trata del rostro agresivo del capitalismo, el que no se enfrenta con políticas públicas, sino que se promueve –incluso por la propia Concertación- como la modernización exitosa que distingue a Chile del resto de América Latina.

Sabemos que la derecha no tiene nada que ofrecer. Apenas ha podido lavar su imagen pinochetista, recurriendo a la cultura del dinero y el derroche para, a través de un emprendedor, intentar negar lo que la gran mayoría de los chilenos tiene claro: que no persiguen otra cosa que un país disciplinado y sometido para seguir enriqueciéndose. Que no respetan la vida ni la familia ni ninguno de los valores que hipócritamente dicen defender, que ni siquiera han podido crear riqueza por sí mismos, y que no hacen más que lucrar de rentas y de empresas jibarizadas otrora estatales.

Y de la Concertación del arcoiris, poco queda. Su élite se ha incorporado al gran empresariado, y ha pactado un orden hasta ahora impenetrable para cualquier alternativa popular o simplemente crítica.

Para quienes se definen de Izquierda, parece obvio que ni la Concertación ni la Derecha son una opción efectiva. Sin embargo, no podemos olvidar que son las dos alianzas que captan la mayor cantidad de adherencias en el juego electoral. Negar eso es negarse a hablarle a millones de personas que se interesan en el destino del país, que ocupan el único mecanismo de participación que se les ha abierto (el voto), y al no ver otra opción, simplemente eligen entre “lo que hay”.

¿Y por qué no se “ve” otra opción? Por el sistema binominal, dirán algunos. Sí, indudablemente influye. ¿Pero es la única razón? No.

Primero que nada, asumiendo una cuota de realismo, debemos reconocer que la Concertación ha sido extraordinariamente eficiente y exitosa: cuatro gobiernos seguidos y aún con posibilidades de ganar un quinto. Ni siquiera los radicales de los años 50 pueden jactarse de tal logro.

La única coalición que ha durado tanto años en el poder político lo hizo por la fuerza de las armas: gremialistas, Chicago boys y militares detrás de la figura de Pinochet.

La razón del éxito de la Concertación se encuentra en el pacto que estructuró con actores de la misma Derecha, asegurando una gobernabilidad y un modelo económico determinados. Pacto que fue firme como acero en los noventa y que con el cambio de siglo, empezó a debilitarse.

Ese pacto fue el rayado de cancha en el que se ha movido el poder hasta hoy y se afirma principalmente en lo que entendemos como exclusión.

3.- ¿Exclusión = binominalismo?